Yo estuve allí. En el último concierto de Hazte Lapón. Fue una despedida impecable, pero también una sacudida emocional de las gordas, de las que te dejan una resaca como densa. Como fúnebre. Pensábamos que el adiós de los lapones -tan inteligentes, tan irónicos, tan eclécticos- era el principio del final de esa gran generación de bandas en tierra de nadie que va desde Los Lagos de Hinault hasta Ornamento y Delito, Rusos Blancos, Gúdar, Alborotador Gomasio o Sagrado Corazón de Jesús. Luego llegó la pandemia y lo puso todo vuelta abajo, pero seis años después, quién nos lo iba a decir, las guitarras están de vuelta, el escepticismo postpunk está de vuelta y hasta la ironía decadentista emite de nuevo en las frecuencias sonoras del indie. Que vaya si está de vuelta.
A Saray Botella y Lolo González Molinier no les habríamos perdonado dos cosas: que no volvieran, o que volvieran para imitarse a sí mismos. Pero aquí vengo yo, hermanos de la religión del ruido, a anunciaros la epifanía de Pequeño mal. ‘Somos Pequeño mal’ es un disco deslumbrante, una metralleta de temazos eslabonados sin altibajos. Un nuevo camino que nace de las cenizas de Hazte Lapón, pero con un aire más power pop que resulta igual de mordaz y cautivador, y que es erudito y tierno a la vez de una manera felizmente clásica, porque lo clásico es lo que no se puede hacer mejor. Y que es distinto. Y brillante.
Pequeño mal es todo lo que está bien: melodías originales, letras inteligentes, estribillos pimpantes, coros dulces y raca-raca de guitarras en abundancia. «No hay por qué cambiar lo que funciona razonablemente bien», canta Lolo en ‘Los duelistas’. Saray y él se han juntado en este proyecto con los hermanos Antonio y Carlos Fernández Hermana, que también forman parte de Living Camboya, y con Fernando Bertola, batería y multinstrumentista de Súper Cadáver. Los cinco disparan 11 flechas directas al corazón del underground, metiendo ruido comme il faut. Igual les hago una faena si me pongo a citar las leyendas subterráneas que sus canciones invocan, como los Only Ones, los XTC, los Buzzcocks, los Feelies o los Pixies, pero dichas quedan.
Los lapones mudan de piel en una reencarnación así como más enardecida. «Todo me modifica, pero nada me cambia», decía Dalí, al que yo creo que le habrían gustado las letras saltimbanquis y cultas de Lolo, que aquí suelta factos como quien reparte caramelos, y se cisca en el algoritmo -que «no es tan listo»-, y se desmelena en las voces, y hasta dibuja las ilustraciones de la portada. Y también te lleva mecido con sus textos hacia lo profundo, como en ‘Calaveras y diamantes’, que embelesa, que desarma, que duele.
El disco es sobresaliente, y esto no lo digo así como así, ni tantas veces. De hecho, por aquello de la deformación profesional, se me hace un poco raro no sacarles ningún defecto, así que aquí va uno: me gustaría que Saray cantase más. Y ya.
Ah, y una curiosidad numerológica: las canciones están secuenciadas justo en el orden en el que se publicaron los singles. O quizás es al revés: los singles fueron desnudando el álbum de arriba abajo. En fin, que este disco tiene una mecánica muy particular, no sé si llamar a eso personalidad outsider, o artesanía underground, o quizá son los caprichos de los hados del talento. No sé, pero es algo que a mí me derrite. Que funciona. Y no hay por qué cambiar lo que funciona.
Juanma Lamet

